Mati aquí en la Atlántida
- Mati
- 27 dic 2025
- 7 Min. de lectura

Todo principio es también un final. Y para mí, el final de la Atlántida es el principio de mis caminos.
Cuando empecé a recordar, lo primero que vino fue Khem. Egipto. El lugar donde los que sobrevivieron inscribieron en piedra lo que el agua había borrado. Pero Khem fue el refugio. El archivo. La biblioteca construida después del hundimiento.
Mis ancestros venían de antes. De más al oeste. De donde el Sol se hunde cada tarde en el océano. De las islas que quedaron cuando el continente desapareció. De Atlántida. De las Islas Canarias.
Y desde que empecé a escuchar, mis guías me dijeron lo mismo: cuando busques dirección, cuando necesites coordenadas del pasado, cuando quieras entender el plan planetario para el que sirves, mira hacia Canarias. Ahí está el origen de la conciencia que sostiene tu trabajo.
Por eso, cuando en 2012 empezó Harwitum, el gran viaje de Norte a Sur que recorrería 40 países en los 7 continentes, el primer lugar que me llamó fue Canarias. Fue reconocimiento. Fue volver al lugar donde mi memoria comienza para poder entender hacia dónde tenía que ir.
ATLAS, EL QUE SOSTIENE EL MUNDO
Canarias lleva el nombre de Atlas. El titán que sostiene el cielo sobre sus hombros para que el cielo y la tierra permanezcan separados y la vida pueda existir en el medio.
Atlas es estructura. Es el que mantiene el orden del cosmos. Sin Atlas, todo colapsa. Sin Atlas, cielo y tierra se funden y el espacio para respirar desaparece.
Y por eso al mapamundi se le llama atlas. Porque el mapa sostiene el mundo en nuestra mente. Nos permite navegar. Nos da coordenadas. Nos orienta en el espacio.
Según Platón, Atlas fue el primer rey de Atlántida. El primogénito de Poseidón y Clito. El que gobernaba desde las montañas que ahora llamamos Canarias, las últimas cimas que quedaron visibles cuando el continente se hundió. Platón escribió que la capital de Atlántida estaba construida con bloques de piedra de tres colores: rojo, negro y blanco. Los mismos tres colores que se encuentran en el paisaje volcánico de Tenerife.
Las Hespérides eran las hijas de Atlas. Las guardianas del jardín. Las que cuidaban las manzanas de oro. Y el dragón de cien cabezas que las protegía era Ladón. El guardián del conocimiento. El veneno que custodia la sabiduría.
Cuando Hércules mató a Ladón, su sangre cayó sobre las islas. Y de cada gota brotó un drago. Un árbol dragón. Un guardián de la memoria atlante. Una señal de que ahí, en esas islas, vive el veneno original. El que transforma. El que mata y cura. El que destruye para regenerar.
EL ESCORPIÓN DE AGUA
Si miras las Islas Canarias desde arriba, verás que forman la figura de un escorpión. La cola en el este, Lanzarote. Las pinzas en el oeste, El Hierro y La Palma. El cuerpo en el centro, Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura, La Gomera.
Un escorpión de agua. Un guardián del océano Atlántico. El gran océano de la conciencia.
Cuando recorría el camino de la serpiente, Hermes me contó que los venenos más usados por los alquimistas eran cuatro. Cuatro como los elementos.
El veneno de los hongos, que viene de la tierra. El que descompone la materia para que vuelva al humus.
El veneno de las serpientes, que viene del fuego. El que activa la kundalini. El que transforma la sangre.
El veneno de ciertas flores, que viene del aire. El que abre las puertas de la percepción.
Y el veneno de los escorpiones, que viene del agua. El que paraliza. El que detiene el movimiento. El que obliga a mirar hacia adentro cuando todo afuera se vuelve imposible.
Canarias es el escorpión de agua. El veneno que se mezcla con el océano de la conciencia. El que está en la base del sistema de navegación planetario que nació en Atlántida.
Hermes me hizo venir aquí al principio de Harwitum para reconocer el veneno. Para aprender a usarlo. Para entender que el océano de la conciencia lleva en sí mismo aquello que puede envenenarlo o curarlo.
FEBRERO 2012: LA PRIMERA CONEXIÓN CON LA RED
Llegué a Canarias en febrero de 2012. Las siete islas principales representaban los siete chakras. El Hierro el chakra base, La Palma el sacro, La Gomera el plexo solar, Tenerife el corazón, Gran Canaria la garganta, Fuerteventura el tercer ojo, Lanzarote la corona.
Lo que encontré ahí fue la red completa. El mapa que después recorreríamos durante todo Harwitum por los siete continentes. Las conexiones entre todos los puntos sagrados que visitaríamos. Las rutas que usaban los navegantes antiguos para mover la conciencia de un lugar a otro. Los nodos donde se ancla la memoria.
Todo estaba ahí. En las islas. En los volcanes. En el jardín de las Hespérides.
Fue la primera vez que vi el patrón completo. La primera vez que entendí cómo se conectaba mi trabajo con el resto del mundo. La primera vez que pude trazar el mapa que guiaría todo lo que venía después.
Canarias me dio la brújula. Me mostró el punto de origen desde donde mi cosmovisión atlante del mundo actual se desplegaba. Me enseñó que antes de ir a cualquier lugar, antes de activar cualquier punto, tenía que entender desde dónde venía el plan en mi propia memoria.
Y el plan venía de Atlántida. Del jardín de las Hespérides. De las islas volcánicas donde el dragón guardaba el conocimiento.
Ahí entendí por qué mis guías siempre me habían dicho: cuando necesites coordenadas, mira hacia Canarias.
EL GRAN DILUVIO: CUANDO LOS NAVEGANTES PERDIERON LA CABEZA
Uno de los dolores más grandes de la humanidad es el Gran Diluvio. La memoria del fin. El momento en que todo se hundió.
Se cree que sucedió hace unos 12,000 años, al final de la última glaciación. Los hielos se derritieron. El nivel del mar subió cientos de metros en poco tiempo. Las costas se inundaron. Las tierras bajas desaparecieron. Las islas se separaron. Las civilizaciones costeras fueron borradas del mapa.
Pero el diluvio fue más que agua. Fue confusión. Fue caos. Fue la pérdida del orden.
Los grandes navegantes de la mente, los atlantes, los que sabían leer las estrellas y moverse entre dimensiones, perdieron la cabeza. Perdieron el control. Perdieron el mapa. Y cuando los navegantes se pierden, el mundo se hunde con ellos.
La Atlántida se hundió físicamente y mentalmente. El sistema de navegación de la conciencia colapsó. El océano pacífico de la mente planetaria se volvió turbulento. Las corrientes se invirtieron. Los puertos se cerraron. Las rutas se borraron. La humanidad quedó a la deriva.
Esa memoria quedó registrada en el subconsciente colectivo. En el cuerpo. En las células. Un diluvio de emociones sin procesar. Un tsunami de confusión. Un océano de dolor que sigue moviendo las mareas del presente.
Y cuando miro el mundo actual, veo el mismo patrón. El mismo colapso acercándose.
Los navegantes de la mente vuelven a perder la cabeza. Los que deberían sostener el mapa se están perdiendo en sus propios laberintos. La información fluye sin dirección. Las redes conectan todo pero llevan a todas partes y a ninguna. El océano de la conciencia está contaminado. Veneno sin medicina. Caos sin orden.
Todos podemos sentirlo. Esa sensación de que algo está por hundirse. De que las aguas están subiendo. De que estamos al borde de otro diluvio.
Esta vez será un diluvio de confusión. De desinformación. De desconexión. De pérdida de sentido. De colapso del sistema de navegación mental que nos permite orientarnos en la realidad.
Volver a Canarias en 2012 fue ir a buscar el veneno que transformó a la humanidad en caos la primera vez. Para entender cómo funciona. Para aprender a alquimizarlo. Para convertirlo en medicina antes de que todo vuelva a hundirse.
IR A LOS VOLCANES DEL JARDÍN
Los volcanes son las puertas. Los lugares donde el interior sale al exterior. Donde el fuego de la Tierra se encuentra con el aire del cielo. Donde la materia se licua y se transforma.
El jardín de las Hespérides era un laboratorio alquímico. Un espacio donde se cultivaba el conocimiento prohibido. Donde se guardaban las manzanas de oro. Donde se experimentaba con el veneno del dragón. Donde se aprendía a morir y renacer.
Durante esos siete días en las islas, recorriendo cada chakra, cada volcán, cada punto de la red, fui absorbiendo el veneno. Sentí el peso del colapso atlante. La confusión de los navegantes perdidos. El dolor del sistema que se desintegra. La memoria del hundimiento.
Y también sentí la medicina. La posibilidad de reordenar. De reconstruir el mapa. De volver a trazar las rutas. De reconectar los nodos. De reactivar la red.
Canarias me enseñó que el veneno y la medicina son la misma cosa. Que la sangre del dragón que cae sobre la tierra puede destruir o puede hacer crecer dragos. Depende de lo que estés dispuesto a hacer con ella.
Por eso este lugar es el principio de todos mis caminos. Porque aquí aprendí que el océano de la conciencia lleva en sí mismo su propio veneno. Que la alquimia empieza reconociendo el caos. Que el mapa se sostiene después de haber sentido el peso de Atlas sobre los hombros.
TU ATLÁNTIDA PERSONAL
Todos tenemos un lugar así. Un lugar en el mundo que representa nuestro veneno y nuestra medicina. Un lugar donde algo se hundió. Donde algo se perdió. Donde algo murió. Y desde donde algo puede renacer.
Es el lugar que te llama. El que aparece en tus sueños. El que sientes en el cuerpo. El que te mueve sin que entiendas por qué.
Es el lugar donde tu historia personal se cruza con la historia del mundo. Donde tu trauma individual se conecta con el trauma colectivo. Donde tu herida privada toca la herida planetaria.
Y también es el lugar donde puedes encontrar la medicina. Porque el antídoto siempre está cerca del veneno. La cura siempre crece al lado de la enfermedad. La luz siempre está escondida en el centro de la oscuridad.
Hay que atreverse a ir. Hay que tener el coraje de volver. Hay que estar dispuesto a mirar el veneno de frente. Hay que estar dispuesto a absorberlo. A sentirlo. A dejarlo pasar por el cuerpo. Para que después pueda transformarse en medicina.
Encontrar tu Canarias. Tu Atlántida. Tu jardín de las Hespérides. El lugar donde el dragón de tu historia personal guarda las manzanas de oro de tu sabiduría más profunda.
Y atreverte a entrar.
Porque de la sangre del dragón nacerán los guardianes de tu nueva memoria. Los árboles que sostendrán el mapa de tu futuro. Las raíces que anclarán tu sistema de navegación personal en el océano de la conciencia colectiva.
Ese es el trabajo que comenzó en Canarias en 2012. Ese es el veneno que absorbí al principio para poder hacer medicina durante todos los años que siguieron. Ese es el lugar al que vuelvo cuando necesito recordar desde dónde viene mi trabajo.
Porque todo principio es también un final.
Y el final de Atlántida fue el principio de mi camino.
Cuál es el tuyo?



