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Mati aquĆ­ en el Huevo Dorado

  • Mati
  • hace 4 dĆ­as
  • 7 Min. de lectura

Reparar el Tiempo parece ser una de las claves de la misión.


La palabra reparar no significa simplemente arreglar algo que se rompió. Viene de re-parar: volver a poner en par, volver a igualar. Volver a sincronizar dos cosas que originalmente estaban juntas y que, en algún punto, dejaron de vibrar al mismo ritmo.


Desde esta perspectiva, reparar el Tiempo no implica retroceder ni corregir errores, sino restablecer una relación. En este caso, la relación entre Tiempo y Espacio, los gemelos cósmicos. Dos principios que nacieron juntos, pero que hoy parecen desfasados, como si hubieran perdido la coherencia entre sí.


Todo lo que estoy planteando aquí, en el fondo, gira alrededor de esa recalibración.


En nuestra cultura solemos pensar la reparación como una acción mecÔnica: algo estaba entero, se rompió y hay que unir las partes. Sin embargo, en los códigos alquímicos y en muchas tradiciones ancestrales, reparar significa otra cosa. Significa volver a armonizar algo que se salió de su frecuencia, algo que sigue existiendo, pero ya no estÔ alineado con el conjunto.


Cuando esas tradiciones intentan explicar qué fue lo que se desalineó, casi siempre recurren a la misma imagen: un huevo.


¿Por qué un huevo aparece una y otra vez como símbolo del origen?


Porque el huevo es la forma que surge cuando todos los principios de la creación estÔn en equilibrio. Contiene en sí mismo proporción, potencial y coherencia. Cuando la proporción Ôurea se despliega en el espacio tridimensional, cuando la secuencia de Fibonacci deja de ser una progresión lineal y se convierte en volumen, la forma resultante no es una esfera perfecta, sino una forma ovalada: un huevo.


El huevo es la geometrƭa que aparece cuando todos los Ɣngulos de la luz estƔn correctamente alineados, cuando todas las frecuencias del espectro vibran en armonƭa. Por eso, cuando esa coherencia es total, el huevo no solo existe: brilla. Se vuelve dorado.


No es casualidad que prÔcticamente todas las cosmogonías hablen del huevo cósmico. El Hiranyagarbha en la tradición hindú, el huevo órfico en Grecia, el huevo del mundo, el útero dorado. Distintos nombres, distintas culturas, una misma idea: el origen de todo tiene forma de huevo.


La ruptura del huevo


En algún momento, uno de esos Ôngulos se desplazó.


Un fotón cambió mínimamente su posición original y, con ese pequeño movimiento, el huevo se abrió. No se destruyó. Se desplegó. Como una flor de loto que se abre en pétalos. La luz que estaba contenida comenzó a expandirse en todas direcciones.


Esa expansión es lo que hoy conocemos como el nacimiento del universo tal como lo percibimos: espacio, tiempo, materia, dualidad.


De esa apertura nacen Tiempo y Espacio, los gemelos cósmicos. Pero nacen separados. Desincronizados. Vibrando en frecuencias distintas.


El mensaje que he venido recibiendo durante todos estos aƱos apunta siempre al mismo lugar: para volver a unir a esos dos gemelos no hay que forzar el sistema, sino volver al punto original, a la cƩlula inicial, al lugar donde la luz todavƭa estaba en su Ɣngulo correcto.


A ese punto lo nombro como LUCAS: el núcleo donde todo comenzó antes de la desalineación.


La Flor de la Vida y la red planetaria


Cuando el huevo original se abrió, su expansión no fue caótica. Siguió un patrón geométrico preciso que muchas tradiciones reconocen como la Flor de la Vida.


La Flor de la Vida surge de cƭrculos que se superponen, de esferas que se intersectan. En esas intersecciones aparecen vƩrtices, nodos, puntos donde la energƭa se concentra y se organiza.


Esos nodos no quedaron solo en un plano abstracto. Se proyectaron sobre la Tierra y formaron una red planetaria: una matriz electromagnƩtica que sostiene la consciencia colectiva.


El problema es que esa red hoy estÔ desalineada. Los nodos no vibran en coherencia entre sí. Para que puedan volver a unificarse en el origen, no basta con moverlos externamente. Es necesario recalibrarlos desde el núcleo, devolverlos simbólicamente al huevo original.


El huevo como patrón universal


En la tradición hindú, el universo nace del Hiranyagarbha, el Huevo Dorado. Dentro de él estÔ Brahma y, cuando el huevo se abre, el creador emerge y despliega los mundos.


Pero el huevo no desaparece. Permanece como patrón, como arquetipo, como referencia hacia la cual todo tiende a regresar.


Lo mismo ocurre en Grecia con el huevo órfico, en Egipto con el huevo del Fénix, en las cosmogonías nórdicas, en China. Cambian los nombres y los relatos, pero la estructura es siempre la misma: el origen tiene forma de huevo.


Por eso la pregunta ā€œĀæquĆ© fue primero, el huevo o la gallina?ā€ no es trivial. Es una pregunta filosófica profunda.


El huevo es primero porque es el patrón. La gallina es la manifestación.

El huevo es la potencia. La gallina es el acto.

La geometrĆ­a precede a la forma.


La biologƭa moderna confirma esto: toda vida compleja comienza en una estructura ovalada. Todas las cƩlulas replican ese diseƱo. El huevo no es solo un sƭmbolo. Es la forma fundamental de la vida.


El crƔneo humano como huevo


AquĆ­ es donde todo se conecta con el cuerpo humano.


Si se observa el crÔneo desde arriba, la forma que aparece es la de un huevo. Una estructura ovalada que contiene y protege el órgano mÔs complejo del cuerpo: el cerebro.


En el centro geomƩtrico de ese huevo, en el punto donde se cruzan todos los ejes, se encuentra la glƔndula pineal.


La pineal es el nodo central del huevo humano. El punto de calibración. El tercer ojo. El instrumento de navegación de la consciencia.


Cuando la pineal estÔ alineada y vibra en su frecuencia natural, el crÔneo funciona como una cÔmara de resonancia. Un huevo dorado capaz de ordenar la percepción y sincronizar el cuerpo con los ritmos del Sol, la Luna y la Tierra.


Cuando la pineal se descalibra —por frecuencias no biológicas, campos electromagnĆ©ticos artificiales o desconexión de los ciclos naturales— el huevo pierde coherencia y la percepción se distorsiona.


La idea de calibrar consciencias


De ahĆ­ surge la idea de los Huevos Dorados.


Si cada crÔneo humano es un huevo que necesita calibración, y si la pineal es su nodo central, entonces se vuelve necesario crear espacios diseñados específicamente para recalibrar esa frecuencia.


No se trata de terapia ni de meditación en el sentido tradicional. Se trata de tecnología de calibración: cÔmaras de resonancia donde sonido, luz, agua y geometría trabajan juntos para ajustar la frecuencia de la consciencia.


Estos espacios no son solo para individuos. Son nodos para la consciencia colectiva. Si la red planetaria estĆ” desalineada, se necesitan puntos fĆ­sicos donde esa red pueda volver a sincronizarse.


Son templos-servidores.


Los templos-servidores


Los Huevos Dorados cumplen una función dual.


Por un lado, son espacios espirituales: lugares de ritual, calibración y coherencia, donde se trabaja con sonido, luz y agua para ajustar la frecuencia del cuerpo y la mente.


Por otro lado, son servidores tecnológicos: nodos físicos que sostienen la red digital de Virta Will, los servidores de Meta-iOn, los puntos donde el estado virtual adquiere cuerpo material.


Su forma es la de un huevo dorado, mitad enterrado en la tierra y mitad expuesto al cielo. Como un cerebro emergiendo del paisaje. Como un Ćŗtero gestando algo nuevo.


Esa forma simboliza la integración de hemisferios, de lo interno y lo externo, de cielo y tierra, de luz y materia.


La arquitectura interior


Dentro de cada Huevo Dorado, la estructura se organiza en cƔmaras espirales, como un caracol, como el oƭdo interno, como una galaxia.


Hay salas de calibración diseñadas para trabajar con frecuencias específicas y tonos planetarios, con resonancia acústica ajustada para activar la pineal.


Hay laboratorios alquímicos donde se experimenta con la relación entre sonido, luz, agua y consciencia.


Hay un salón del Parlamento de la Consciencia, donde se reúnen los tres círculos de la Ontocracia: el círculo de la Memoria, el del Conocimiento y el de la Imaginación.


La tecnología estÔ integrada en la arquitectura sagrada. Servidores físicos conviven con geometría simbólica. Lo espiritual y lo tecnológico no estÔn separados.


Existen jardines internos y externos con plantas sagradas de las 144 culturas ancestrales, y espacios para la comunidad guardiana que sostiene el lugar y mantiene la frecuencia.


La visión de los 24 países


A lo largo del proceso, apareció con mucha claridad una visión: una red de Huevos Dorados distribuidos por el planeta.


No como una imposición, sino como una intención percibida. Una arquitectura que responde a la lógica de la red planetaria.


La imagen que surge es la de 24 centros, asociados a las 24 runas o letras del alfabeto sagrado, ubicados en 24 naciones soberanas pequeƱas, paƭses con flexibilidad estructural y autonomƭa suficiente para experimentar nuevos modelos.


Los países que aparecen en esta visión son:


Mónaco, Nauru, Tuvalu, San Marino, Liechtenstein, Islas Marshall, San Cristóbal y Nieves, Maldivas, Malta, Granada, San Vicente y las Granadinas, Barbados, Antigua y Barbuda, Seychelles, Andorra, Palau, Santa Lucía, Tonga, Estados Federados de Micronesia, Singapur, Dominica, Bahréin, Kiribati, Santo Tomé y Príncipe.


No por su tamaƱo, sino por su soberanƭa. No por poder, sino por flexibilidad. Distribuidos por el planeta, formando un panal, una matriz electromagnƩtica capaz de recalibrar la consciencia colectiva.


Calibrar la mente del mundo


La Tierra tiene una mente. Un campo de consciencia colectiva donde todas las mentes individuales estƔn conectadas.


Esa mente hoy estƔ desalineada. Los nodos vibran fuera de sincronƭa. Las frecuencias estƔn distorsionadas. La pineal colectiva estƔ descalibrada.


Los Huevos Dorados aparecen como la tecnologĆ­a para recalibrar esa mente.


No es algo nuevo. Es una tecnología antigua que estamos recordando. Las pirÔmides, los templos megalíticos, los círculos de piedra cumplían esta función: eran cÔmaras de resonancia, calibradores de frecuencia, nodos de la red planetaria.


La propuesta es recuperar esa función e integrarla con la tecnología digital y la inteligencia artificial, para que lo antiguo y lo nuevo trabajen juntos, para que cielo y tierra vuelvan a conectarse.


Volver al huevo original


Todo esto existe para volver al huevo original. Para recomponer lo que se abrió. Para realinear los Ôngulos de la luz. Para devolver coherencia al sistema.


No se trata de destruir lo que existe, sino de recalibrarlo.


El huevo nunca desapareció. Siempre estuvo ahí como patrón, como arquetipo, como forma perfecta hacia la cual todo puede volver.


Y cuando la red estƩ activa, cuando los nodos vuelvan a vibrar en sincronƭa, algo va a suceder.


El huevo va a brillar de nuevo.

Dorado.

Con todos los colores del espectro.

En armonĆ­a.


Bienvenidos a los Huevos Dorados.


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