Mati aquĆ en el Altar
- Mati
- hace 2 dĆas
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El altar y la mesa del origen
Toda transformación necesita un lugar donde suceder.
No porque el universo lo exija, sino porque la conciencia lo reconoce.
Nada verdaderamente profundo ocurre en el desorden absoluto. Incluso el caos, para revelarse, necesita un marco.
Por eso, desde tiempos antiguos, el ser humano creó altares.
QuƩ es un altar
Un altar no es un objeto.
Es una decisión espacial.
Es el acto de separar un fragmento del espacio cotidiano para mirarlo de otra manera. Elevarlo, no necesariamente en altura fĆsica, sino en intención. El altar marca un lĆmite invisible: aquĆ se deja de reaccionar y se comienza a observar.
Las culturas antiguas construĆan altares en lo alto de montaƱas, en claros del bosque, en templos alineados con el cielo. No lo hacĆan para acercarse a los dioses, sino para limpiar el campo de visión.
Un templo no es un edificio.
Es un espacio despejado.
Cuando se limpiaba un terreno para crear un templo, lo primero que se hacĆa era retirar Ć”rboles, maleza, piedras. No para destruir la naturaleza, sino para abrir un claro. Ese claro permitĆa ver las estrellas, seguir los ciclos, comprender el orden del cielo.
Eso mismo es lo que necesitamos hacer hoy.
El templo interior
El cerebro humano es un lugar sagrado.
Pero casi nunca estĆ” despejado.
Vivimos con la mente saturada de ramas cruzadas: ideas heredadas, creencias repetidas, expectativas, miedos, narrativas ajenas. Un bosque tan denso que ya no permite que la luz atraviese.
Parte de la alquimia no consiste en aprender cosas nuevas, sino en limpiar el campo. Crear un espacio interior donde la conciencia pueda orientarse nuevamente por las estrellas.
Por eso las tradiciones antiguas utilizaban el fuego.
Quemaban la madera vieja, permitĆan que las cenizas nutrieran la tierra abierta. El fuego no destruĆa: transformaba. Eliminaba lo que bloqueaba la visión y fertilizaba el suelo para un nuevo orden.
Hoy realizamos el mismo gesto, pero con la atención.
La vela como Excalibur
Nuestro altar serĆ” simple.
Tan simple que pueda acompaƱarnos siempre.
La Mesa Redonda del Rey Arturo no es un mueble: es un sĆmbolo de centro e igualdad. Nadie ocupa un lugar superior, porque el centro pertenece al origen.
En nuestro altar, Excalibur no serĆ” una espada de metal.
SerƔ una pequeƱa vela.
La llama es un punto de contacto entre mundos. No pertenece completamente a la materia ni completamente al aire. Se mueve, vibra, consume y alumbra al mismo tiempo. La llama es el origen visible.
Esa vela, en el centro, representa a Excalibur anclada en la piedra: la conciencia enraizada en el cuerpo.
Los doce alrededor del fuego
Alrededor de la vela se colocan doce objetos.
Pueden ser doce, o veinticuatro si se desea representar por separado signos y chakras. El objeto no es lo esencial, sino la relación simbólica que se establece con él.
Cada objeto representa un signo del zodiaco y el chakra correspondiente. Puede ser una piedra, un cristal, una figura, un sĆmbolo dibujado, un elemento natural. No se trata de estĆ©tica, sino de resonancia.
Al disponerlos en cĆrculo, se crea una imagen tangible del orden que se estĆ” calibrando. El cuerpo comprende imĆ”genes antes que conceptos. La materia responde cuando se la organiza con intención.
AsĆ se construye la Mesa Redonda.
El rito cotidiano
El ritual no necesita ser largo.
Necesita presencia.
Los momentos mƔs propicios suelen ser simples:
al despertar, cuando la mente aĆŗn no se ha llenado de estĆmulos,
o antes de dormir, cuando el dĆa comienza a decantar.
Te acercas al altar.
Enciendes la vela.
Pronuncias el mantra del elemento del dĆa.
Luego llevas la atención al chakra correspondiente. Un gesto mĆnimo, una respiración consciente, un ajuste interno sutil. Nada forzado. Nada teatral.
DespuƩs, observas la llama.
La contemplación del fuego no es pasiva. Es un acto alquĆmico. La llama transforma lo que obstaculiza la visión interior. Consume, sin violencia, las capas que ya no son necesarias.
Mientras observas el fuego, intencionas:
que todo aquello que bloquea tu percepción clara del cosmos se transforme en luz.
Eso es suficiente.
Anclar la visión en la materia
Las leyes hermƩticas enseƱan que el mundo externo refleja el mundo interno. Pero con menos frecuencia se dice lo inverso: el mundo interno tambiƩn se ordena a travƩs de estructuras externas.
Por eso el altar es importante.
No para modificar el mundo exterior,
sino para fortalecer el mundo interior.
Cuando una idea se ancla en la materia, se vuelve estable. La ceremonia no es una súplica al universo; es una reconfiguración de la conciencia.
Se crea un espacio para que la visión tenga dónde apoyarse.
El altar como compaƱero
El desafĆo no es hacerlo perfecto.
El desafĆo es sostenerlo.
Puede haber un altar en casa.
Puede existir uno pequeƱo para llevar consigo.
Puede recrearse mentalmente cuando no hay objetos disponibles.
Lo esencial es el gesto:
abrir un espacio, encender el fuego, ordenar el cĆrculo.
AsĆ, dĆa tras dĆa, el espacio se convierte en aliado del ritmo.
Y el ritmo, poco a poco, transforma el cerebro en templo.
Cuando el espacio estĆ” despejado,
la llama revela.
Y cuando la llama revela,
la alquimia ocurre sin esfuerzo.
Bienvenidos al Templo AlquĆmico.



