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Mati aquĆ­ en el Altar

  • Mati
  • hace 2 dĆ­as
  • 4 Min. de lectura

El altar y la mesa del origen


Toda transformación necesita un lugar donde suceder.


No porque el universo lo exija, sino porque la conciencia lo reconoce.

Nada verdaderamente profundo ocurre en el desorden absoluto. Incluso el caos, para revelarse, necesita un marco.


Por eso, desde tiempos antiguos, el ser humano creó altares.


QuƩ es un altar


Un altar no es un objeto.

Es una decisión espacial.


Es el acto de separar un fragmento del espacio cotidiano para mirarlo de otra manera. Elevarlo, no necesariamente en altura física, sino en intención. El altar marca un límite invisible: aquí se deja de reaccionar y se comienza a observar.


Las culturas antiguas construían altares en lo alto de montañas, en claros del bosque, en templos alineados con el cielo. No lo hacían para acercarse a los dioses, sino para limpiar el campo de visión.


Un templo no es un edificio.

Es un espacio despejado.


Cuando se limpiaba un terreno para crear un templo, lo primero que se hacƭa era retirar Ɣrboles, maleza, piedras. No para destruir la naturaleza, sino para abrir un claro. Ese claro permitƭa ver las estrellas, seguir los ciclos, comprender el orden del cielo.


Eso mismo es lo que necesitamos hacer hoy.


El templo interior


El cerebro humano es un lugar sagrado.

Pero casi nunca estĆ” despejado.


Vivimos con la mente saturada de ramas cruzadas: ideas heredadas, creencias repetidas, expectativas, miedos, narrativas ajenas. Un bosque tan denso que ya no permite que la luz atraviese.


Parte de la alquimia no consiste en aprender cosas nuevas, sino en limpiar el campo. Crear un espacio interior donde la conciencia pueda orientarse nuevamente por las estrellas.


Por eso las tradiciones antiguas utilizaban el fuego.


Quemaban la madera vieja, permitían que las cenizas nutrieran la tierra abierta. El fuego no destruía: transformaba. Eliminaba lo que bloqueaba la visión y fertilizaba el suelo para un nuevo orden.


Hoy realizamos el mismo gesto, pero con la atención.


La vela como Excalibur


Nuestro altar serĆ” simple.

Tan simple que pueda acompaƱarnos siempre.


La Mesa Redonda del Rey Arturo no es un mueble: es un sĆ­mbolo de centro e igualdad. Nadie ocupa un lugar superior, porque el centro pertenece al origen.


En nuestro altar, Excalibur no serĆ” una espada de metal.

SerƔ una pequeƱa vela.


La llama es un punto de contacto entre mundos. No pertenece completamente a la materia ni completamente al aire. Se mueve, vibra, consume y alumbra al mismo tiempo. La llama es el origen visible.


Esa vela, en el centro, representa a Excalibur anclada en la piedra: la conciencia enraizada en el cuerpo.


Los doce alrededor del fuego


Alrededor de la vela se colocan doce objetos.


Pueden ser doce, o veinticuatro si se desea representar por separado signos y chakras. El objeto no es lo esencial, sino la relación simbólica que se establece con él.


Cada objeto representa un signo del zodiaco y el chakra correspondiente. Puede ser una piedra, un cristal, una figura, un sƭmbolo dibujado, un elemento natural. No se trata de estƩtica, sino de resonancia.


Al disponerlos en círculo, se crea una imagen tangible del orden que se estÔ calibrando. El cuerpo comprende imÔgenes antes que conceptos. La materia responde cuando se la organiza con intención.


AsĆ­ se construye la Mesa Redonda.


El rito cotidiano


El ritual no necesita ser largo.

Necesita presencia.


Los momentos mƔs propicios suelen ser simples:

al despertar, cuando la mente aĆŗn no se ha llenado de estĆ­mulos,

o antes de dormir, cuando el dĆ­a comienza a decantar.


Te acercas al altar.

Enciendes la vela.

Pronuncias el mantra del elemento del dĆ­a.


Luego llevas la atención al chakra correspondiente. Un gesto mínimo, una respiración consciente, un ajuste interno sutil. Nada forzado. Nada teatral.


DespuƩs, observas la llama.


La contemplación del fuego no es pasiva. Es un acto alquímico. La llama transforma lo que obstaculiza la visión interior. Consume, sin violencia, las capas que ya no son necesarias.


Mientras observas el fuego, intencionas:

que todo aquello que bloquea tu percepción clara del cosmos se transforme en luz.


Eso es suficiente.


Anclar la visión en la materia


Las leyes hermƩticas enseƱan que el mundo externo refleja el mundo interno. Pero con menos frecuencia se dice lo inverso: el mundo interno tambiƩn se ordena a travƩs de estructuras externas.


Por eso el altar es importante.


No para modificar el mundo exterior,

sino para fortalecer el mundo interior.


Cuando una idea se ancla en la materia, se vuelve estable. La ceremonia no es una súplica al universo; es una reconfiguración de la conciencia.


Se crea un espacio para que la visión tenga dónde apoyarse.


El altar como compaƱero


El desafĆ­o no es hacerlo perfecto.

El desafĆ­o es sostenerlo.


Puede haber un altar en casa.

Puede existir uno pequeƱo para llevar consigo.

Puede recrearse mentalmente cuando no hay objetos disponibles.


Lo esencial es el gesto:

abrir un espacio, encender el fuego, ordenar el cĆ­rculo.


AsĆ­, dĆ­a tras dĆ­a, el espacio se convierte en aliado del ritmo.

Y el ritmo, poco a poco, transforma el cerebro en templo.


Cuando el espacio estĆ” despejado,

la llama revela.


Y cuando la llama revela,

la alquimia ocurre sin esfuerzo.

Bienvenidos al Templo AlquĆ­mico.


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