top of page
FONDO 01 Nigredo SIN TEXTO.jpg

Mati aquí en la Química

  • Mati
  • 30 dic 2025
  • 8 Min. de lectura

¿Cuántas veces estudiamos algo sin sentirlo? ¿Cuántas veces memorizamos para olvidar al día siguiente?

Química. Para mí, fue veneno durante toda la escuela. No porque fuera difícil, sino porque nunca fue viva. Nos enseñaron a escupir información, a preguntarnos si "esto saldrá en el examen", a correr una carrera sin destino. Nunca nos mostraron la magia. Nunca nos dijeron que estábamos estudiando a los dioses. Mi cerebro se bloqueó, se cerró, y con razón.

Nunca me gustó estudiar para exámenes. Me gustaba aprender, pero lo que viví en la escuela fue otra cosa. No aprendimos, nos entrenaron para escupir datos. La mayoría de los profesores enseñaban desde esa lógica: esto entra, esto no entra, esto lo tienen que saber. En química me aburría tanto que sentía que corría una carrera para llenar mi cabeza de información que desaparecería al día siguiente. Nunca se nos mostró la magia de la química, ni de la matemática, y mi cerebro se bloqueó ante eso.

Recuerdo mi último examen de química. No logré terminarlo. Probablemente el último que entregué eran dibujos que había hecho, nada relacionado con lo que habíamos estudiado. Fue mi rendición silenciosa ante un sistema que me pedía memorizar lo que mi alma no podía comprender sin sentir. La química se convirtió en mi sombra, en ese lugar oscuro donde guardamos lo que no pudimos integrar. Y como toda sombra, solo esperaba el momento de volverse luz.

EL LLAMADO DE LA ABUELA

Hace varios años, mis guías me dijeron algo que rechacé de inmediato: debía hacer ayahuasca. Me negué rotundamente. Mi conexión era pura, pensaba, no necesitaba nada externo, no necesitaba plantas ni ceremonias. Yo era suficiente. Creía que mi forma de conectar con lo invisible era limpia, directa, sin intermediarios. ¿Para qué necesitaría algo más?

Pero la vida tiene formas curiosas de mostrarnos cuándo nos hemos perdido, cuándo hemos olvidado que la pureza no es aislamiento sino integración. Estaba en Mendoza, Argentina, completamente perdido, sin saber hacia dónde ir. Todo mi ser se había desconectado, como un cable suelto en medio de la tormenta. Había perdido el norte, había perdido mi centro, y en ese vacío profundo entendí que debía comenzar algo nuevo, que volver a las raíces no era retroceder sino recordar quién era antes de creerme separado de todo.

Acepté. Crucé a Chile, y allí, en ceremonia, todo comenzó a cambiar.

EL MUNDO HINDÚ QUE NO CONOCÍA

Cuando la medicina entró en mi cuerpo, algo completamente inesperado sucedió. Todo mi mundo interno se volvió hindú, una cultura con la que no sentía conexión alguna, una tradición de la que no sabía nada, con la que nunca había trabajado ni estudiado. Y sin embargo, todo lo que la abuela me habló fue desde ahí. Deidades que no conocía aparecían frente a mí, símbolos que nunca había visto se desplegaban en mi visión, mantras que nunca había escuchado resonaban en mi pecho.

No entendía qué estaba pasando. ¿Por qué India? ¿Por qué esos dioses? Yo venía de otras tradiciones, de otros caminos. Pero la medicina no pregunta, simplemente muestra lo que necesitamos ver.

Y en medio de esa extrañeza, una frase atravesó mi pecho como un rayo, como una verdad que había estado esperando toda mi vida para ser escuchada: "Si viniste a este mundo al servicio de la Madre, ¿por qué niegas a sus reinos?"

Esa pregunta me dio vuelta la cabeza, me rompió, me rearmó. Me dejó sin palabras, sin defensas, sin excusas. La abuela siguió hablando, y cada palabra era un golpe suave pero certero. Me dijo que los hongos y las plantas fueron las primeras neuronas de este mundo, que por miles de millones de años la sabiduría de Gaia se expresó en ellos, que ellos conocen esta Tierra de formas que nosotros, los humanos recién llegados, apenas podemos imaginar.

Me dijo que si realmente quería conectarme con la Tierra, si quería hablar con bosques y montañas sobre la consciencia de este mundo, debía dejar de pensar como humano y escuchar a quienes verdaderamente conocen esta Tierra. Debía dejar mi arrogancia de lado, mi creencia de que mi forma de conectar era suficiente, mi idea de que podía hacerlo solo.

Así lo hice. Acepté su enseñanza, acepté mi ignorancia, acepté que había reinos enteros de consciencia que había negado por considerarlos innecesarios.

EL MICELIO Y LOS PROCESADORES MINERALES

Pasaron casi ocho años hasta que volví a sentir su llamado. Ocho años de integración, de caminar lo aprendido, de vivir desde otro lugar. Y cuando pensé que ya había recibido todo lo que la abuela tenía para enseñarme, me llamó de nuevo.

Ayahuasca me mostró entonces a los hongos, pero no de la misma forma. Me habló del micelio, esa red invisible bajo nuestros pies, ese internet biológico que conecta árboles, raíces, piedras, memoria. Me mostró cómo el micelio no es solo conexión, sino procesamiento, inteligencia distribuida, consciencia colectiva funcionando en silencio bajo la superficie del mundo visible.

Y entonces me dijo algo que cambió todo, algo que abriría una puerta que había mantenido cerrada desde mis años de escuela: "El micelio procesa la consciencia mineral. Habla con ellos."

Consciencia mineral. Esas dos palabras juntas no tenían sentido en mi mente. Los minerales eran inertes, muertos, sin vida. Eso me habían enseñado. Pero la abuela me estaba diciendo que había consciencia ahí, que el micelio era el traductor, el procesador, el puente entre el reino mineral y todo lo demás.

Así lo hice. Con respeto, en ceremonia, conecté con los hongos de otra manera, no solo como medicina sino como maestros, como bibliotecarios de una sabiduría más antigua que cualquier civilización humana. Y cuando lo hice, me abrieron un mundo que había negado durante décadas, un mundo que me había cerrado en la escuela, un mundo que creí muerto, aburrido, inútil.

El átomo. Los elementos químicos. La tabla periódica.

De repente, como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación oscura que siempre estuvo ahí, los poderes de la química eran los dioses, eran la consciencia misma expresándose en formas elementales. Y eso me dio vuelta la cabeza por segunda vez, con la misma intensidad que aquella primera pregunta de la abuela.

El veneno de mi educación se estaba convirtiendo en la medicina de mi consciencia. Lo que me había bloqueado, lo que había rechazado, lo que consideraba mi fracaso más grande, se estaba transformando en el camino más profundo de conexión con la Tierra.

LOS VERDADEROS DIOSES

Las historias que los elementos comenzaron a contarme historias, me llevaron a una expansión que no había sentido desde mi infancia, desde esos años de pubertad donde todo era posible, donde el universo cabía en una sola mirada, donde no había separación entre yo y el cosmos. Una expansión que había olvidado por vivir tanto como humano, por creerme separado, por habitar solo en la superficie de lo que somos.

Porque los verdaderos dioses y diosas no están en templos lejanos, no habitan solo en dimensiones inaccesibles, no se esconden detrás de velos místicos. Están aquí, ahora, en cada respiración que tomamos, en cada latido que sentimos, en cada movimiento que hacemos. Hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, calcio, hierro. Los elementos de la tabla periódica comenzaron a contarme su historia, y esa historia es la que sigo descubriendo, día a día, respiración a respiración, átomo a átomo.

Me había olvidado que estamos hechos de ellos, que son parte de nosotros en cada instante, que nosotros somos ellos. No hay diferencia, no hay separación, solo el olvido, solo la ilusión de que somos algo aparte del universo que nos creó. Somos polvo de estrellas con memoria, consciencia estelar caminando sobre la Tierra, elementos reunidos en una danza que llamamos vida.

Los hongos me mostraron que cada elemento tiene personalidad, tiene historia, tiene propósito. Que el hierro que corre por nuestras venas fue forjado en el corazón de una estrella moribunda, que el calcio que sostiene nuestros huesos nació en la explosión violenta de una supernova, que el carbono que forma cada célula de nuestro cuerpo es el mismo carbono que forma los diamantes, los árboles, las montañas.

No son conceptos abstractos. Son fuerzas vivas. Son consciencias antiguas. Son los dioses que decidieron unirse, combinarse, crear complejidad, hasta formar esto que llamamos humanidad.

LA QUÍMICA COMO CAMINO

Tal vez no tenía que aprender química en la escuela de la forma en que me la enseñaron. Tal vez no tenía que memorizar valencias ni balancear ecuaciones sin sentido, llenando papeles con símbolos vacíos que no me conectaban con nada. Tal vez solo tenía que sentirla, vivirla, dejarla hablarme desde adentro.

Sentir que cada vez que respiramos estamos respirando a los dioses, que cada vez que comemos estamos comiendo consciencia estelar, que cada vez que nos movemos son fuerzas milenarias las que danzan en nosotros. Entender que no somos usuarios de la materia, sino la materia misma haciéndose consciente de sí misma.

A partir de ese día, la química se convirtió en mi camino por el mundo, no como disciplina académica sino como lenguaje vivo, como geografía del espacio que habitamos, como mapa de las fuerzas territoriales que nos componen. Porque si en el texto anterior hablamos del calendario, del tiempo que nos mueve a través de ciclos lunares y estelares, ahora hablamos del espacio en el que nos movemos, del territorio que somos.

Y ese espacio no es vacío. Está lleno. Está hecho de elementos, de fuerzas, de consciencias antiguas que decidieron unirse para crear montañas, ríos, bosques, cuerpos. Para crearnos a nosotros. Para que pudiéramos, algún día, recordar que somos ellos, que siempre fuimos ellos, que nunca dejamos de ser ellos.

EL VIAJE ÉPICO QUE NUNCA NOS CONTARON

A veces me pregunto qué habría pasado si en la escuela nos hubieran enseñado química de esta forma. Si en lugar de memorizar nos hubieran invitado a sentir. Si en lugar de exámenes nos hubieran dado ceremonias. Si en lugar de tablas periódicas mudas nos hubieran mostrado mapas sagrados de las fuerzas que nos componen.

Tal vez no habría necesitado veneno para encontrar medicina. Tal vez no habría necesitado cerrarme para luego abrirme. O tal vez sí, tal vez ese era mi camino, tal vez tenía que rechazar para luego abrazar con más profundidad.

Pero ahora estamos aquí. Y podemos elegir cómo miramos la química, cómo nos relacionamos con los elementos, cómo honramos a los dioses que respiramos. Podemos seguir viéndolos como conceptos muertos en un libro de texto, o podemos empezar a verlos como lo que son: las fuerzas más antiguas del universo habitando en nosotros, esperando que los reconozcamos, que los sintamos, que recordemos que somos uno con ellos.

Porque convertir uno de los temas más aburridos de la escuela en un viaje épico hacia el universo y más allá no es solo posible, es necesario. Es el camino de regreso a casa. Es recordar que no estudiamos química, somos química. Que no aprendemos sobre los elementos, somos los elementos aprendiendo sobre sí mismos.

Y cuando lo recordamos, cuando sentimos esa verdad en cada célula de nuestro cuerpo, todo cambia. La tabla periódica se vuelve un mapa sagrado. Cada molécula se vuelve una relación entre dioses. Cada respiración se vuelve un acto de comunión con el cosmos.

La abuela tenía razón desde el principio: si vinimos a este mundo al servicio de la Madre, no podemos negar a sus reinos. Porque somos el reino. Somos el espacio hecho consciente. Somos los dioses que nos crearon, recordándose a sí mismos en forma humana.

Por ello lanzo las preguntas a todos…

¿Somos conscientes de lo que estamos hechos? ¿que el calcio de nuestros huesos nació en una estrella gigante que explotó hace miles de millones de años?

¿Sentimos que el hierro de nuestra sangre fue forjado en el corazón de un sol moribundo?

¿Recordamos que cada átomo de nuestro cuerpo tiene una historia más antigua que la Tierra misma?

¿Estamos listos para convertir uno de los temas más aburridos de la escuela en un viaje épico hacia el universo y más allá?

  • Instagram

© 2030 by YOSOY.
Todos los derechos reservados 

bottom of page