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Mati aquĆ­ en el eje

  • Mati
  • 26 dic 2025
  • 7 Min. de lectura

EncontrĆ”ndome en el eje, en los dĆ­as en que la Tierra parece detenerse sobre sĆ­ misma, atravesĆ© el cierre de un proceso intenso. No fue un final repentino, sino una decantación lenta. Como si todo lo vivido durante el aƱo hubiera estado esperando ese punto exacto —ese instante en que la luz deja de avanzar— para volver a ordenarse desde adentro.

Durante 2025 empecé a entender que la serpiente no era solo un símbolo mitológico ni un arquetipo espiritual heredado de culturas antiguas. La serpiente es una estructura real del planeta. Una geografía viva. Un cuerpo extendido en el espacio.

Si se observa la Tierra desde sus grandes movimientos telĆŗricos —fallas, cordilleras, placas tectónicas— aparece un recorrido continuo que comienza en Anatolia, atraviesa el Medio Oriente, IrĆ”n, Asia Central, el Himalaya, Siberia, desciende por Japón, cruza el PacĆ­fico, reaparece en AmĆ©rica, baja por CentroamĆ©rica, recorre los Andes y termina en la Patagonia profunda, en Tierra del Fuego. Ese recorrido dibuja una serpiente planetaria. Una columna vertebral.

No es una metƔfora forzada. Es el mismo principio que en el cuerpo humano llamamos kundalini: una energƭa que asciende y desciende por el eje central, activando centros, memorias y tensiones. El planeta tambiƩn tiene un eje. Y ese eje, como el nuestro, tambiƩn puede desalinearse.

En ese recorrido, la región del Egeo y Anatolia funciona como la cabeza de la serpiente. No solo por su ubicación geogrĆ”fica, sino porque allĆ­ se concentraron lenguas, mitos, sistemas de pensamiento y conflictos que moldearon la mente colectiva del mundo. Desde ese mar —el Egeo— se organizaron rutas, ideas, filosofĆ­as, religiones y guerras. Como si ese ocĆ©ano fuera un fractal del gran ocĆ©ano de la conciencia humana. Lo que allĆ­ se pensó, se dijo y se escribió terminó condicionando la forma en que el mundo aprendió a navegar su propia mente.

En el extremo opuesto estÔ la cola. La base. El punto donde todo el peso se apoya. La Patagonia, y en particular el sur profundo, funcionan como el coxís del planeta: las últimas vértebras donde se sostiene todo el eje. No es casual que muchas culturas antiguas hayan ubicado allí fuerzas primordiales, fuegos internos, guardianes del fin del mundo. Cuando la base se tensa, todo el cuerpo entra en compensación.

Por eso uno de los anclajes finales del año fue en Neuquén. No como destino turístico ni simbólico, sino como acto geomagnético. Ir a la base de la serpiente era necesario para devolver estabilidad a un cuerpo que había acumulado demasiada tensión arriba, demasiada confusión en la cabeza.

Cuando el coxís estÔ desalineado, todo el cuerpo sufre. Cuando la base no sostiene, la mente se acelera, el corazón se sobrecarga y la conciencia se fragmenta. Lo mismo ocurre a escala planetaria.

Este trabajo no fue ā€œespiritualā€ en el sentido habitual. Fue anatómico. Leer el cuerpo de la Tierra como un organismo vivo. Reconocer que el espacio no es neutro, que tiene memoria, dirección y función. Y que para que el tiempo pueda reorganizarse, primero el eje tiene que volver a su lugar.

La serpiente no pide ser adorada. Pide ser escuchada. Porque cuando su columna se endereza, algo en nosotros tambiƩn deja de torcerse.

Si el planeta puede perder su eje, el cuerpo humano también. Y no sucede de golpe. Sucede por acumulación.

Viajar constantemente, cambiar de territorios, de lenguas, de personas, de campos simbólicos, expande la conciencia, sí, pero también desancla. El cuerpo necesita referencias estables para orientarse. El sistema nervioso, la sangre, el cerebro y la percepción funcionan en relación directa con el geomagnetismo del lugar donde nacimos. Igual que las aves, igual que las palomas que, aun llevadas lejos, saben volver al origen.

Fue interesante hoy recordar que frente a mi casa se encontraba el club Colombófilo de Venado Tuerto, fundado por mi bisabuelo. Mi abuelo Héctor me traía a casa todos los días de semana después del almuerzo una paloma, para que yo la soltara desde el jardín o el techo y la misma regresara. Una prÔctica que claramente dejó algo impreso en mi interior. 

Durante años me moví sin parar. Escuché muchas voces. Recibí mensajes, símbolos, pedidos, expectativas. También regalos: piedras, collares, pulseras, objetos cargados de intención. Algunas de esas intenciones eran amorosas; otras no tanto. Algunas eran conscientes. Otras, inconscientes. Y todo eso fue entrando en mi campo sin filtros claros.

Ahí empezó la pérdida del eje.

No se trata de ā€œenergĆ­as oscurasā€ como concepto abstracto. Se trata de excesos de informaciónĀ que no corresponden. De pesos que uno empieza a cargar creyendo que son propios. De pactos invisibles —con personas, con historias, con religiones, con linajes— que se sostienen solo porque nunca se revisaron.

Cuando el cuerpo no estÔ geolocalizado, la conciencia se dispersa. El norte interno se vuelve confuso. Aparecen el cansancio profundo, la ansiedad, la tristeza, la sensación de estar siempre respondiendo a demandas externas. No porque alguien lo imponga, sino porque el eje dejó de sostener.

En ese punto entendí algo clave: no todo lo que llega debe quedarse. No todo símbolo suma. No toda tradición protege. No toda devoción libera. Algunas atan. Algunas desorientan. Algunas fragmentan el campo y hacen que la energía vital se vaya sosteniendo cosas que no son propias.

La desgeolocalización no es solo espacial. Es psíquica, emocional, corporal. El cuerpo empieza a vivir como si estuviera en muchos lugares al mismo tiempo, sin estar realmente en ninguno. Y ahí aparece el verdadero agotamiento: no físico, sino estructural.

Por eso el trabajo con el espacio no empezó afuera, sino en el cuerpo. En revisar qué estaba de mÔs. Qué estaba atando. Qué estaba desviando el norte interno.

Y de pronto, la imagen de la tortuga apareció mucho antes de que yo pudiera entenderla.

En mi infancia, el patio de mi casa estaba siempre rodeado de tortugas. No una o dos: muchas. Llegaban porque alguien las traĆ­a, porque alguien las encontraba, porque ā€œno sabĆ­a quĆ© hacer con ellasā€. Y quedaban ahĆ­. Como si el lugar las llamara. Venado Tuerto —mi punto de origen— estaba siempre custodiado por ellas. Eran mi animal preferido, y cada dĆ­a en el patio, me sentaba a jugar rodeado de al menos 10 de ellas.

La tortuga es uno de los símbolos mÔs antiguos de la Tierra. En muchas culturas sostiene el mundo sobre su caparazón. No avanza rÔpido, no se expande, no conquista. Sostiene. Su cuerpo es casa, defensa, límite. La tortuga no huye del mundo: se repliega cuando hace falta. Y en ese repliegue protege lo esencial.

Este año, mientras absorbía el veneno de la confusión, mientras sostenía pesos que no me correspondían, mientras el cuerpo y la mente se saturaban, las tortugas seguían ahí. Cumpliendo una función silenciosa: mantener el crÔneo estable, proteger el centro, evitar que la presión rompa la estructura. Como un cortafuegos mental que el universo había diseñado especialmente para mí.

La noche previa a esta Navidad murió una de las últimas dos tortugas que quedaban en mi casa. Murió por un problema neurológico. En ese instante entendí, sin palabras, que había sostenido hasta donde pudo. Y ahora la función tenía que pasar a mí.

No fue una pƩrdida. Fue una transferencia.

Por eso el gesto posterior no fue emocional, fue geomagnético. Ubicarla. Orientarla al norte. Devolverla a la Tierra como estructura. Reconocerla como base, como crÔneo, como defensa que ya cumplió su ciclo.

inmediatamente, llamƩ a mi madre anoche cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, pidiƩndole que me reubique a travƩs de Tota, la tortuga, y que me ancle a travƩs de un arbolito. Un roble. Y no fue casual.

Durante años sentí que, cuando muriera, quería convertirme en un roble. No como metÔfora poética, sino como función: raíces profundas, tronco firme, copa amplia. Un punto fijo que no se desplaza, pero permite que otros se orienten.

Durante el Solsticio, alguien en Neuquén me regaló un pequeño arbolito, pero no era cualquier roble bebé. Ese roble era un brote del Árbol de Guernica. Y ahí todo volvió a alinearse.

Mi apellido materno, De Stefano, carga un linaje italiano. Mi apellido paterno, Bide, significa ā€œcaminoā€ en euskera. A mi padre no lo conocĆ­ hasta los 27 aƱos. Y fue a esa edad, en NeuquĆ©n, a orillas del rĆ­o Limay, donde sentĆ­ una reconexión profunda, silenciosa, sin palabras. Como si el espacio estuviera cerrando un circuito antiguo y me dijera: es tiempo de calibrar tu linaje y conocer a tu padre.

Entendí entonces que no se trataba de cambiar de historia, sino de ordenar las referencias. La memoria vasca apareció como protección lingüística y simbólica. No como identidad política, sino como anclaje. Las lenguas antiguas no solo comunican: ordenan la mente. Protegen del hechizo inconsciente del mundo moderno.

AhĆ­ entendĆ­ algo mĆ”s profundo todavĆ­a. El sufrimiento no era emocional. Era direccional.SufrirĀ viene de sub ferrum: estar bajo el hierro. Bajo una orientación equivocada. El hierro —como la aguja de una brĆŗjula— siempre apunta al norte. Pero si el campo interno estĆ” alterado, ese norte se vuelve confuso y el cuerpo sufre.

El cambio no fue de apellido ni de cultura. Fue de norte interno. Cuando el hierro interno se alinea, el cuerpo deja de resistir. La sangre encuentra su curso. La mente deja de forzar.

Estando hoy en islas Canarias, eje del mundo Atlante, centro del mito del Jardín de las Hespérides donde el dragón custodia el Ôrbol de manzanas doradas en los mitos antiguos, es decir, donde la kundalini teje la red de nodos del mundo, igual que en el año 2012, me encontré bajo el volcÔn Teide iniciando un camino hacia el eje en el día en que la Tierra se encuentra en su eje, y sentí en su fuerza la necesidad de reubicar el mío interior. Hoy tomé todos los venenos que controlaban mi dirección en el mundo, y los quemé, relocalizando mi consciencia en la Tierra, sentado en poder sobre mi coxis. 

Y entonces queda una pregunta abierta, que no es mística ni simbólica, sino profundamente física:

¿Qué pasaría si todos empezÔramos a prestar atención a esas pequeñas cosas que nos han ido sacando de nuestra geolocalización? ¿Qué pasaría si entendiéramos que volver al origen no es una idea romÔntica, sino una necesidad viva en nuestras células, en nuestro cerebro, en la sangre, en el hierro que nos habita?

Tal vez, como las palomas, recordarĆ­amos el camino de regreso.

No para quedarnos quietos, sino para movernos sin perdernos.

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