Mati aquĆ en el Origen
- Mati
- 25 dic 2025
- 10 Min. de lectura

Las historias no tienen principio ni final, son una constante de instantes, una red infinita de partes finitas, un reflejo fractal de un vacĆo que llena el cosmos con caos, de caminos que se expanden hacia el origen. Y por eso tal vez esto no sea un nuevo inicio, sino que sea un nuevo final que me lleva inevitablemente a un nuevo origen, al momento en el que todo comenzó.
Si mal no recuerdo, esta historia tambiĆ©n comenzó por Navidad, pero claramente en verano, en mi ciudad natal de Argentina, Venado Tuerto. Yo tenĆa unos nueve aƱos y me pasaba el verano en las tardes calientes, jugando en el patio con piedras, barro y con mis animales. Y en el centro de mi jardĆn habĆa un Venadito, pero no uno de verdad, sino uno de cemento pintado de blanco. Este tenĆa como ojos dos canicas verdes y estaba ubicado en un lugar estratĆ©gico, tapando el agujero de un pozo ciego, donde mi familia tiraba todos los desechos orgĆ”nicos.
A mĆ me fascinaba acercarme al Venadito y jugar con Ć©l, pero lo que mĆ”s me fascinaba era moverlo tan solo unos centĆmetros y observar el vacĆo debajo. Espiaba de reojo lo que se encontraba debajo de este Venadito, un vacĆo oscuro, donde obviamente tirĆ”bamos la basura, pero para mĆ se abrĆa un mundo de posibilidades, un mundo oculto debajo de la tierra, que a la vez abrĆa toda mi mente. Cuando movĆa el Venadito hacia atrĆ”s, observaba lo mĆ”s oscuro de este pozo. Hablaba y trataba de escuchar mi eco, como si pudiera tener una conversación conmigo mismo, y un dĆa, sin darme cuenta, al mover el Venadito tomĆ”ndolo por su hocico y empujĆ”ndolo hacia atrĆ”s, toquĆ© uno de sus ojos y sin querer lo desprendĆ.
La canica verde cayó sobre el suelo, golpeó contra un ladrillo y, rebotando sobre los bordes, cayó hacia el infinito del pozo ciego. Mi primera reacción fue asustarme. Me sentĆ culpable. El Venadito de mi patio ahora tambiĆ©n era tuerto, como el nombre de mi ciudad. Pero en ese mismo instante sucedió algo que no esperaba. Desde el pozo, desde la sombra en la oscuridad, escuchĆ© una voz, una voz muy parecida a la mĆa, que retumbaba desde lo profundo, pero que a la vez me hablaba desde el frente. LevantĆ© mi mirada, y allĆ estaba, como una presencia divina, pero fantasmagórica.
Al principio creĆ que era yo mismo, otro niƱo de nueve aƱos mirĆ”ndome, pero entonces me dijo: āMi nombre es Lucas y yo soy tu hijo.ā
Me quedĆ© sorprendido, pues escuchar a mis nueve aƱos, desde la boca āo desde la presenciaā de alguien de mi misma edad, que yo serĆa su padre, era demasiado para digerir. No sentĆ miedo, eso es lo curioso. SentĆ algo mĆ”s cercano a la confusión, como cuando te dicen una verdad para la que todavĆa no tenĆ©s palabras. Mi cuerpo no sabĆa quĆ© hacer con eso, pero algo en mĆ sabĆa que no estaba frente a un juego. No era una fantasĆa infantil. HabĆa una seriedad extraƱa en esa voz, una calma que no correspondĆa a un niƱo.
Lucas no apareció como un Ć”ngel ni como una figura luminosa. No hubo luces ni mensajes grandilocuentes. Estaba ahĆ, simplemente. Presente. Como si siempre hubiera estado y reciĆ©n en ese momento yo lo estuviera viendo. Me habló sin mover la boca, o tal vez la movĆa y yo no lo registrĆ©. Me dijo que habĆa venido a buscarme, que habĆa elegido jugar conmigo el juego de la vida, que yo serĆa su padre y que Ć©l serĆa mi hijo, aunque todavĆa no entendiera cómo. Me dijo que no me preocupara por la madre, que tenĆa muchas madres, como si eso fuera lo mĆ”s natural del mundo. Y, sin embargo, para mĆ no lo era.
Yo no entendĆa nada, pero tampoco necesitaba entender. Lo escuchaba. Me quedĆ© quieto, parado frente al pozo, con el Venadito tuerto a un costado, mirando a ese otro yo que no era yo, y sintiendo que algo acababa de acomodarse y desacomodarse al mismo tiempo. Como si una pieza hubiera entrado en un lugar nuevo, obligando a todas las demĆ”s a reordenarse mĆ”s adelante.
Lucas me habló de un juego. No de una misión como algo heroico, sino de un juego largo, complejo, lleno de vueltas, donde a veces uno se olvida de por quĆ© empezó a jugar. Me dijo que yo iba a olvidar esa conversación muchas veces, que iba a perderme, que iba a dudar, que iba a querer ser otra cosa, otra persona, vivir otra vida. Me dijo que estaba bien. Que el juego funcionaba asĆ. Pero que Ć©l iba a estar siempre, mĆ”s cerca o mĆ”s lejos, recordĆ”ndome hacia dónde mirar cuando me perdiera.
Con los aƱos, esa presencia no desapareció. Cambió de forma. A veces era muy clara, a veces apenas una intuición. A veces sentĆa que estaba sentado en un trono invisible, observando, no para juzgar, sino para sostener. Como si Lucas fuera el jefe de jefes, el que no se muestra, pero al que todos escuchan. Maestros, guĆas, personas que aparecĆan y desaparecĆan en mi vida, todos parecĆan responder a un orden que yo no veĆa del todo, pero que sentĆa.
Y, sin embargo, habĆa algo que no cerraba. Algo que con el tiempo empezó a doler de otra manera. Yo sabĆa que iba a ser padre, pero no sabĆa desde dónde. Porque, aunque suene extraƱo decirlo asĆ, durante mucho tiempo sentĆ que yo no querĆa ser padre, querĆa ser madre. No en un sentido simbólico. En un sentido real, corporal. QuerĆa gestar. QuerĆa contener. QuerĆa sentir la vida formĆ”ndose dentro de mĆ. Y eso no era posible.
Ese fue un duelo silencioso. No se hablaba de eso. No habĆa palabras para decirlo sin que sonara extraƱo, exagerado o incomprensible para otros. Pero para mĆ era una herida concreta. Una sensación de falta. Como si la función creadora que habitaba en mĆ no tuviera dónde alojarse. Como si el Ćŗtero existiera en otro plano, pero no en el cuerpo. Y ahĆ empezó otra parte del juego.
Lucas volvió muchas veces a ese punto. No con reproche, sino con claridad. Me habló de dos en uno y uno en dos. De gemelos. No como una fantasĆa literal, sino como una estructura. Como si Ć©l y yo fuĆ©ramos dos aspectos de una misma conciencia intentando encontrarse desde lados distintos. Como si la maternidad que yo sentĆa no fuera un error, sino una memoria. Como si hubiera algo que habĆa quedado incompleto y que ahora buscaba otra forma de expresarse.
Con el tiempo entendĆ que no poder ser madre no me habĆa quitado la capacidad de gestar, solo la habĆa desplazado. Que en lugar de gestar en un vientre, estaba gestando en el espacio. En las personas. En las historias. En los caminos que se abrĆan. Que mi paternidad no iba a ser biológica, pero sĆ profundamente creadora. Y que Lucas no venĆa a ocupar un lugar vacĆo, sino a recordarme cómo volver a alojar eso que yo sentĆa que me faltaba.
Ese fue el verdadero inicio de todo lo que vino despuĆ©s. No como proyecto, no como misión declarada, sino como una herida que empezó a moverse, a buscar, a transformarse en camino. Todo lo que hice despuĆ©s nació de ahĆ, aunque yo reciĆ©n mucho mĆ”s tarde pudiera verlo. Y tal vez por eso esta historia no se puede contar en lĆnea recta. Porque no avanza. Vuelve. Rodea. Se repliega. Se abre. Como si siempre estuviera intentando regresar a ese patio, a ese pozo, a ese ojo perdido, a esa voz que me habló desde la oscuridad y desde el frente al mismo tiempo.
Y reciĆ©n ahora empiezo a entender que esa conversación no terminó ahĆ. Que, en realidad, reciĆ©n estaba empezando.
Cuando tenĆa alrededor de doce aƱos, algo empezó a activarse de nuevo. No como una idea clara, sino como una sensación persistente, incómoda, que se parecĆa demasiado a un recuerdo sin imagen. Fue en ese momento cuando comenzaron a emerger mis primeras memorias conscientes de otras vidas, de Khem, del Egipto antiguo, de un tiempo que no sentĆa como pasado, sino como algo que seguĆa ocurriendo en otro plano. AhĆ apareció Shiw.
Y lo primero que volvió no fue un rol, ni un nombre, ni una historia grandiosa. Volvió la sensación de ser madre. De haber sido matriz. De haber contenido. Ese recuerdo no venĆa con orgullo ni con poder. VenĆa con dolor. Un dolor profundo, silencioso, que se instaló durante toda mi adolescencia como una nostalgia imposible de explicar. No era deseo. Era ausencia. Como si algo que habĆa sido esencial ya no estuviera disponible en esta vida.
AhĆ entendĆ, mucho despuĆ©s, que no era una fantasĆa ni una confusión identitaria. Era memoria. La memoria de haber sido la matriz original, de haber gestado vida en otro tiempo, en otro cuerpo, en otra configuración del mundo. Y al volver esa memoria, volvió tambiĆ©n la herida: en esta vida, eso no era posible. El Ćŗtero no estaba. El lugar de contención habĆa desaparecido.
Ese fue el verdadero reinicio del dolor. No el del niƱo frente al pozo, sino el del adolescente que empieza a recordar y no sabe dónde poner lo que recuerda. Fue ahĆ donde todo empezó de nuevo. Las memorias, las bĆŗsquedas, la necesidad de entender, de ordenar, de volver a unir lo que sentĆa fragmentado.
Con el tiempo empecĆ© a ver el patrón completo. En el origen, yo era la matriz. La que gesta. La que contiene la primera cĆ©lula. El huevo original. Pero cuando esa matriz se rompe ācuando el huevo cósmico se quiebraā la conciencia ya no puede quedarse adentro. Tiene que salir. Cambiar de función.
AhĆ entendĆ que el cambio no era solo simbólico, era estructural. DejĆ© de ser matriz para pasar a ser Mati, y no solo como nombre, sino como función. Mati es ojo en griego: la mirada que observa. La conciencia que ya no aloja, sino que sigue. Y Lucas tambiĆ©n cambió ahĆ. Lucas dejó de ser la cĆ©lula compartida, la gestación interna, para convertirse en luz. No algo que se forma dentro, sino algo que orienta desde afuera.
Con el tiempo empecĆ© a ver que esas palabras no eran casuales. Matri es madre. Mati es ojo. LUCA es la sigla de Last Universal Common Ancestry, la cĆ©lula original de toda vida. Y al agregar la S aparece Source, la fuente. No eran juegos lingüĆsticos. Eran capas de una misma memoria intentando ordenarse.
Lo que empecĆ© a recordar no fue un origen armónico, sino algo inesperado: un nacimiento prematuro del cosmos. Como si la gestación de los gemelos ātiempo y espacio, sol y lunaā se hubiera adelantado. Como si el Ćŗtero cósmico, el huevo original, se hubiera abierto antes de completar su sueƱo. Y al romperse el sueƱo de la madre comenzó la idea de un padre. La creación se hizo creencia. La cĆ©lula se hizo luz. El Ćŗtero se hizo ojo.
La historia cambió de forma. Ya no fue la de una madre gestando a los gemelos del mundo, sino la de una madre gestando a su hija. Y, al mismo tiempo, la de un padre buscando a su hijo. Pasó de ser una matriz formando una red a ser un patrón informando a un principio. Ya no desde el cuerpo, sino desde el origen.
Por eso esta natividad no es un nacimiento feliz. Es un nacimiento necesario. El momento en que la conciencia asume que ya no puede crear desde la matriz y que su tarea ahora es acompañar a la luz en su desplazamiento, intentando comprender en qué punto todo se descentró.
Ahà empezó realmente este camino.
Y por eso, cada vez que recordé quién fui, todo volvió a empezar.
Y por ese fin, este comienzo es la historia de ese padre buscando a su hijo.
La historia de un protón buscando a su electrón.
La historia de un ion que se salió de su lugar para buscar la luz que se perdió en su interior.
De ese movimiento nació todo lo demĆ”s. La expansión. El arcoĆris infinito de elementos. Los mundos. Las formas. Las historias. Cada una como un intento de volver al origen expandiĆ©ndolo hasta el infinito. Porque nada dejó de buscar lo que se descentró; solo aprendió a hacerlo de maneras cada vez mĆ”s complejas.
Esta no es mi historia.
Es la historia de todos.
Yo solo estoy acĆ” para recordarla.
Por eso elijo este momento para empezar a contarla. No por una fecha cultural, sino por un hecho fĆsico. Natividad es eso: el instante en que algo vuelve a nacer porque vuelve a moverse. Durante el solsticio, el Sol alcanza su punto extremo en el cielo y, durante unos dĆas, parece detenido. La Tierra sigue girando, pero desde nuestra posición el eje no avanza. La luz queda fija. Suspendida.
Al tercer dĆa, casi imperceptiblemente, ese punto cambia. El Sol vuelve a desplazarse. No es un sĆmbolo: es astronomĆa. Es geometrĆa celeste. Es el momento exacto en que el movimiento se reactiva y el tiempo vuelve a empujar hacia adelante. Ese gesto mĆnimo āun grado, una sombra, un amanecer apenas distintoā marca el inicio real de un nuevo ciclo.
Ese es el sentido de la natividad. No como un acontecimiento externo, sino como un ajuste de percepción. Cuando la luz parece detenerse, no es la luz la que se inmoviliza, somos nosotros los que volvemos a acomodarnos frente a ella. La Tierra se orienta entre sus dos polos, norte y sur, como dos ojos buscando el mismo punto. Ojo por ojo. Mati por Mati. Tiempo y espacio intentando reencontrar el eje en un juego constante de luces y sombras.
Ese movimiento es la danza de la consciencia. Dos miradas observando desde lugares distintos, buscando estabilizar la luz en el centro. Porque la luz no desaparece: se desplaza. Y toda la experiencia existe para volver a llevarla hacia adentro.
Y tal vez por eso esta historia solo puede contarse asĆ. Como un diĆ”logo entre dos miradas que se buscan. Entre el yo y el soy. Entre dos ojos recorriendo el mundo desde polos distintos, tiempo y espacio, intentando volver a enfocar. Porque algo, en algĆŗn momento, perdió un ojo. Algo cayó fuera de lugar. Y desde entonces, todo el movimiento no ha sido otra cosa que el intento de volver a mirar completo.
No para explicar la luz, sino para acompaƱarla hasta que encuentre otra vez su eje. Hasta que la percepción deje de fragmentarse. Hasta que el ojo que observa y la luz observada vuelvan a coincidir en el centro. Como si toda esta historia fuera, en el fondo, el gesto de inclinarse otra vez sobre ese vacĆo, no para perder la mirada, sino para recuperarla.
Buscar la luz.
Buscar a Lucas.
Hoy el Sol cambia apenas su dirección y ese pequeño gesto vuelve a poner todo en movimiento. La luz se reacomoda y la mirada también. Tal vez de eso se trate esta natividad: de aceptar que el juego de la consciencia vuelve a empezar. La pregunta es sencilla: ¿estamos dispuestos a jugar?



